Cántame la canción que nos libere.
Y cuéntame un cuento.
Uno, donde nadie se acomode,
donde el amor llegue lento,
detrás del respeto.
Pasos que acaricien la alegría
de alcanzarte.
Que suave, se apoderen de la risa,
de la melodía de ser libres y completos.
Tú, me contaste uno antiguo,
rancio y verde.
La condena que enloquece a Cenicienta.
¿Dónde están las perdices,
que no quiere la princesa?
Yo no quiero un príncipe encantado
quiero encantarme con el príncipe.
Me voy de este cuento...
Hay un tren a las diez.











